
Ante mis reacciones, siempre pasionales, siempre viscerales, siempre fuera de tono, de máximos y mínimos, hay una vocecita dulce y cálida que me dice que nada es ni tan bueno ni tan malo, que me quite esas naúseas y ardor de la cabeza, que me limpie toda esa pintura verde y morada que corre por mis venas, especialmente por los brazos y me empiece a tranquilizar, que la vida no se acaba aqui, que no sea así, que reconsidere las cosas, que me de un tiempecito para respirar.
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